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Poemas y relatos

Jean Valjean
Updated 9/3/2006
Updated 4/25/2006
April 21

Luces

Luces
 
Apenas hay luz en la habitación. Dos sillones, uno a cada lado del salón, son los únicos muebles en la sala. Uno está ocupado, el más cercano a una chimenea que no se debe de haber encendido desde hace varios años. Sentada en él se halla una joven mujer, el otro sillón está vacío. Entre los dos sillones yace un hombre. Un hombre rico, un hombre muerto. La sangre en la alfombra aún está húmeda. La mujer juguetea con algo dentro de su bolso nerviosamente. Se siente observada. Se da la vuelta y , en efecto, él está ahí, apoyado contra el marco de una de las puertas de la habitación. El hombre avanza y se sienta en el sillón vacío. Ella lo sigue con la mirada. Empieza a temblar, está pálida y sudorosa aunque intenta ocultar su nerviosismo.
- Tendríamos que llamar a la policía, Víctor.
El hombre la mira de arriba abajo y sonríe. Ella ya sabe su respuesta, él diría que llamar a la policía sería una estupidez, que los descubrirían más fácilmente, que podría no darles tiempo a escapar, etc. No tiene ninguna duda sobre lo que dirá.
Pero el hombre sólo responde secamente:
- No, Valeria.
Pasa un minuto en silencio. El hombre sonríe.
- Amor mío, ¿por qué no recogemos lo que hemos venido a buscar y nos marchamos?
Tarda en responder unos segundos. Valeria sabe que no se deben ir... todavía. Esboza una mueca que bien podría ser una sonrisa.
- No sin llamar antes a la...
- Mira, déjalo, ya voy recogiendo yo.
El hombre sale apresuradamente. Ella suspira de alivio, está resultando más difícil de lo que creía. Sólo queda esperar. Mira un reloj de pared que hay en la habitación. Es de diseño antiguo, a ella siempre le habían gustado las antigüedades.
El tiempo parece pasar lentamente. Se oye a alguien moviendo muebles, volcando cosas. El incesante tic-tac del reloj acompaña al ruido estridente como una orquesta macabra.
Vuelve a aparecer Víctor con una gran bolsa de deporte llena de objetos. lleva también un cuadro de una mujer desnuda. Ella mira el cuadro con cierto interés, parece atraída por aquella pintura.
- No me cabía en la bolsa -dice él señalando al cuadro.
- ¡Cómo puede importarte el robo después de haber matado a este hombre!
- Te recuerdo que fue idea tuya, querida. TÚ elegiste el lugar y el momento, lo demás fueron simples... incidentes.
Odio, sólo odio. Mira al cadáver, mira al hombre. Sabe que está compartiendo habitación con un asesino. Lo teme. “Recuerda que así ganaras el respeto que te mereces” se decía. Respeto. Ella siempre había sido la débil, la tonta. Ya fuera en el instituto como en la academia. Ahora se le ofrecía la oportunidad.
La voz de Víctor la saca de sus pensamientos.
- ¿Es lo nuestro real?
Ese tono frío la asustó. ¿Qué contestar? Una respuesta errónea podía significar la muerte, ella lo sabía. Su respiración se aceleró. Cada segundo la acercaba a un futuro dudoso. Escoge las palabras con cuidado.
- Cariño, sabes que te quiero mucho.
Sus palabras suenan falsas, más de lo que había previsto. La sonrisa se borra de la cara del hombre. Susurra algo. Aunque no se le da bien leer los labios sabe que la ha llamado “puta”.
Aterrada desvía su mirada a la ventana. No hay luz afuera, pero en el fondo parece distinguirse una carretera. Varios coches pasan por aquella carretera. Se ve claramente una hilera de puntos luminosos. Valeria reza para que aquellos coches sean los que ella espera. Llegan tarde. Quizás debería llamar otra vez. Al darse la vuelta descubre que Víctor sigue contemplándola fijamente. Esa mirada parece salida del infierno. Ella agarra discretamente su bolso.
- Voy al baño.
- ¿Con el bolso?
La mujer ya había previsto algo así pero no podía hacer nada. Deja el bolso a un lado y busca la mirada aprobadora de su enemigo. Tiembla. Le odia. Se dispone a salir pero él la interrumpe.
- Ve rápido. Cuando vuelvas nos iremos y tendremos una pequeña conversación tú y yo.
Tenía que retenerlo un poco más de tiempo, sólo un poco más. Irse significaba fracasar y... Dios sabía que le pasaría a ella. No podía escapar, no podía enfrentarse a él.
Va al baño. Tarda más de lo esperado y Víctor se impacienta. Se levanta y empieza a dar golpes a la puerta del lavabo. Él sabe que se trama algo, no sabe el qué pero siente que se tienen que marchar cuanto antes mejor. Tenía dudas pero aquella respuesta se las había aclarado. “Te quiero mucho, ¡qué graciosa!” se dijo para sí. Nunca le habían engañado de esa manera y aquel comportamiento le irritaba, no lo iba a permitir.
Se abre la puerta y aparece Valeria con cara inocente. Van ambos al salón. Ella se dirige a su sillón pero él la retiene. La tira al suelo y se sube en cima de ella.
- ¿No me querías “mucho”? Te voy a demostrar como te quiero yo a ti.
La abraza con fuerza y la intenta desnudar. Hay un forcejeo. Esos mismos brazos que mataron al hombre, esas manos que sujetaron el cuchillo que luego clavarían en la espalda del rico. Una vida llena de exquisiteces, una muerte miserable. Siente el sudor pegajoso del hombre, da asco. Ese olor masculino tan repugnante. Es horrible.
A duras penas consigue apartar a Víctor y escapa hacia el sillón. Él sigue en el suelo, riendo como un loco. Ella sabía que había estado bebiendo antes del robo. Si no lo hubiera hecho todo hubiera salido bien. La simulación habría sido perfecta, y el asesino cumpliría la condena que se merece. “Y la cumplirá, juro que la cumplirá” pensaba ella.
Él sigue riendo.
- ¿Te hace gracia?
Sus carcajadas se hacen aún más sonoras. Parece como si se volviera más loco a cada instante. De repente para, aunque sigue con su sonrisa estúpida. Su cara está roja.
- Si, me hace gracia.
- Eres un...
- Tranquila, mujer, tranquila. Que la próxima vez no te dejaré escapar y te haré disfrutar como nunca has disfrutado. ¡Mira que bíceps, imagina como es el resto!
Se remanga y muestra su músculo. Pero ella sólo ve un brazo peludo lleno de mierda. Eso es, un saco de heces que habla. Pero por desgracia un saco muy grande que lleva un cuchillo. ¿Acaso el respeto importa tanto? Se siente impotente. No puede hacer nada. Es una fofa flojucha que no puede enfrentarse a un gran saco de excrementos que va armado. La sala parece oscurecerse, hay menos luz.
Suena un teléfono. Ella lo reconoce al instante, es su móvil. Se empieza a levantar pero el hombre se adelanta. Vuelca el contenido del bolso. Entre otras muchas cosas, está el móvil.
- Así que tenías un secretito aquí.
Está furioso. Ha pronunciado cada palabra con una ira atroz. Intenta tranquilizarse y se acerca el aparato al oído. Escucha algo. Empieza a reír nerviosamente. Valeria contempla espantada como aprieta los puños y la observa con los mismos ojos que cuando mató al acaudalado señor que ahora yacía a sus pies como el oyente de una obra de teatro. Siempre había estado allí, pero había llegado un momento en el que ninguno de los dos se daba cuenta de su presencia.
Él cuelga el teléfono. Silencio. Con la excitación del momento se le había olvidado que tenía que marcharse de allí, y ahora quizás era demasiado tarde.
Se acerca lentamente a Valeria y la pega una gran bofetada que la hace caerse al suelo.
- ¡Zorra traidora!
- Asesino loco, eres tan estúpido que no te diste cuenta.
Supo que no debía de haber dicho y, aunque se prepara para otra bofetada, el golpe es mucho más fuerte. Cae junto al muerto. Le sangra la nariz, ella sabe que la tiene rota. Se levanta a duras penas debido al mareo y a la sensación de que le habían arrancado la cabeza.
Él ya no estaba ahí. Se acercó tambaleándose a la ventana. Fuera había nuevas luces. Luces cercanas, luces esperadas.
Se oyen pasos, es alguien diferente. Entra un hombre entrado en carnes. Viste el uniforme y la placa que ella echaba tanto en falta.
La ayuda a sentarse y ocupa el sillón libre.
- Lo has hecho muy bien, has sido valiente. Ya le hemos cogido.
- Pero ha muerto alguien.
- A veces pasan esas cosas.
Mira con tristeza el cadáver.
- Pero piensa que hemos conseguido detener a un asesino, a Víctor “el Diablo”. Gracias a ti. Tú te hiciste pasar por su pareja, tú lo convenciste para robar aquí y así poder detenerlo.
- ¿Por qué tardasteis tanto?
- Hubo un accidente y cortaron la carretera, de verdad que lo sentimos. Pero de ahora en adelante todo el cuerpo de policía te admirará.
Ella sonríe, es la primera alegría del día. Se da cuenta de que ya amanece, ha pasado mucho tiempo desde que entraron por la fuerza en aquella casa. Nadie habría podido imaginar lo que había ocurrido.
La estancia parecía más luminosa. Valeria se acerca a la ventana. Se vislumbra perfectamente la carretera no tan lejana como parecía unas horas atrás. Ha nevado. Fuera están los coches de policía aparcados. Frente a ellos se hallan dos policías controlando a un hombre que está de rodillas esposado. El hombre tirita de frío. “Se lo merece” piensa ella. Víctor levanta la cabeza y la mira. Valeria se siente superior ahora, no se asusta. La mirada es extraña, no hay ira pero tampoco arrepentimiento. Ya no le parece tan grande ni tan fuerte, le parece necio. Observa sus manos, esas manos que se posaron sobre ella con tanta brusquedad, viscosas y repugnantes. Siente una mano tranquilizadora en su hombro. El agente la calma. Valeria sabe que quiere que le cuente los acontecimientos paso a paso. Empieza un largo día. Echa una última mirada por la ventana. Las luces rojas y azules de los coches policía cada vez se ven menos a medida que clarea. La noche se acaba, una buena noticia.
 
 
 
 
 
Este es el relato que me valió el primer premio de literatura en mi categoría (sólo por presumir).
February 26

Mi primer día de colegio

Mi Primer Día de Colegio

 

 

-¡No, no quiero!- dije entre gemidos.

Pero ni los pataleos evitaron que acabase metido en el coche y con el cinturón puesto. Quería que el viaje durase mucho, que fuera interminable, pero no fue así. La entrada del colegio se acercó imparable ante mis ojos. Entonces, al salir del coche, me quedé inmóvil, aterrado. Pero tenía que seguir porque prefería entrar por mi pie a entrar llorando en los brazos de mi madre. Mis padres me acompañaron hasta la puerta de la clase, hasta el punto en el que mi vida cambiaría. El brillante letrero plastificado en la puerta indicaba el paso a una nueva etapa de la existencia. Sabía que mis padres estaban orgullosos de que empezara a hacer cosas solo, pero no quería separarme de las personas que me habían acompañado en mis alegrías y penas. Después de aquel beso de despedida, después de que se alejaran y desaparecieran en las escaleras, sentí una sensación nueva, sentía que me faltaba algo, una parte de mí.

Volví a la realidad, respiré hondo y llamé a la puerta. Entré. Me encontré en una clase cuyas paredes estaban ocupadas por múltiples dibujos y murales de colores chillones. La clase estaba llena de mesas y sillas ocupadas por niños y niñas de mi edad. Todos pálidos. Muchos, al igual que yo, tenían la palabra “miedo” escrita en los ojos. Después de saludar tímidamente a la profesora me senté en una de las pocas sillas libres que había. No sé si fueron los colores de la clase, la profesora o mis nuevos compañeros pero me empecé a sentir mejor.

Cuando nos repartieron hojas de papel y colores para hacer dibujos empecé a entender que aquello no era una cárcel, sino un colegio. Comencé a hacer amigos y a aprender sus nombres, lo que en cierto sentido nos costó mucho trabajo, dada la edad que teníamos y nuestro poco conocimiento de palabras. Luego me concentré en el dibujo, decidí dibujar un camión rojo, con los cristales azules y las ruedas negras. Fue en el preciso instante en el que contemplé mi obra cuando deduje que nunca se me daría bien el dibujo. Este pensamiento se cortó con el sonido de la sirena que anunciaba que era hora de ir al patio. Salimos como una manada sin escuchar a los profesores. Estábamos más animados.

Ya en el recreo, nos paramos un instante a causa de un pequeño problema. Cada uno sólo conocía a los compañeros sentados en la misma mesa. Había un poco de desconfianza entre los que no se habían hablado antes.

Desconfianza que se rompió cuando una voz dijo:

-Jugamos al pilla-pilla.

-¡Sí!- dijo uno.

-¡Bien!- dijo otro.

-Tengo una pelota, podemos jugar al fútbol- dijo uno alto.

Y así, entre gritos y diversión, pasamos el resto del día, hasta que sonó la última sirena, la de irse a casa. Y con la sirena llegaron los padres y las madres. Muchos niños se querían ir y salieron como balas a los brazos de sus “papis” y “mamis”, pero otros que no se querían ir pusieron una cara seria y se cruzaron de brazos. Yo estaba entre ellos. Había sido un día único y los padres no tenían derecho a cortarnos la diversión.

Mis padres llegaron a los diez minutos de que sonara la sirena, sonrieron y me preguntaron cómo lo había pasado ese día, quiénes eran mis profesores y si había hecho amigos. Yo les contesté a todas sus preguntas y les dije que tenía montones de amigos nuevos, también les mostré mi camión y ellos me dijeron que lo colgarían en casa. Entonces mi padre dijo:

-Bueno, si eso es todo, me temo que es hora de marcharse.

-¿Marcharse?¡No, no quiero!- dije entre gemidos.

Pero ni los pataleos evitaron que acabase metido en el coche y con el cinturón puesto ...

 

Para Noé

Cuento

(...)

-Cuéntalo – le ordenó el Sultán.

El zapatero comenzó sin demora a relatar su historia.  Habló sobre un hombre muy codicioso que vivía en la ciudad de Turaip. La gente de la ciudad lo odiaba porque era una mala persona, rica y egoísta. Dijo, que un día como otro cualquiera, uno de sus esclavos volvió  muy alterado de recoger leña en un bosque asegurando haber visto una montaña de oro. El rico no se fiaba de él así que mandó a otra persona a verificar lo que decía. En efecto, parecía existir ese tesoro. El hombre, que quería todo el tesoro para él, no quiso enviar a un esclavo a recogerlo por temor a que le robara algo, sino que decidió ir él mismo. Cuando llegó al punto indicado vio que el oro estaba en un claro a unos cinco minutos de donde le habían dicho. Sin pensarlo fue hacia el claro. Una vez allí contempló sorprendido que el tesoro se había “trasladado” a la colina de enfrente. Mas tal era la codicia del hombre que no quiso desistir. Así cuando llegaba al punto donde había visto el oro, éste aparecía algo más lejos. Pero el hombre lo persiguió durante años sin éxito. Perdió todo su dinero, su casa, su esposa, etc. Un día comprendió que no serviría de nada y decidió intentar continuar su vida. El hombre, viviendo en la pobreza, acabó haciéndose una persona muy humilde y ayudar a los más pobres. Un día, al llegar a su choza, descubrió la montaña de oro dentro. Junto a ella había una nota que decía:

“Aprendiste la lección y espero que hagas el bien con el dinero. Además quiero que sepas que el tesoro siempre estuvo en un mismo sitio, pero que tu avaricia hizo que lo vieras cada vez más lejano”

Cuando el zapatero hubo terminado el Sultán preguntó si el hombre seguía vivo. El zapatero respondió que sí. El Sultán dijo entonces que irían a verlo para corroborar su historia.

Dicen que cuando llegaron, el hombre había dado todo el tesoro a los pobres, pero que todavía conservaba aquella nota escrita en un papiro que el Sultán proclamó que eran las palabras de Alá.

El Tifón

El Tifón

 

Llegó el momento. Largo tiempo había pasado desde que fue encerrado allí, pero ahora había recuperado la energía perdida en aquella batalla cósmica contra Zeus. Las heridas estaban curadas pero le quedaban cicatrices y la sed de venganza era incontenible. Con una furia aterradora extendió sus enormes alas liberándose así de su prisión de piedra y fuego. Desde la tierra los mortales contemplaron impotentes como el Etna estallaba. Rocas y cenizas fueron expulsadas del volcán a velocidades vertiginosas acompañados de un estruendo cuyos ecos retumbarían durante años. Luego vino la lava, serpenteando como las víboras que cubrían gran parte del cuerpo de la bestia más temida. El fuego líquido bajaba lento pero imparable arrasando todo a su paso.

Así emergió el Tifón del cráter mientras nubarrones oscuros aparecían de la nada cegando al sol. La bestia rugió de alegría y alzó la mirada al cielo oscuro. Allí iban apareciendo rayos que se iban acercando como si tuvieran vida propia. Alguien se acercaba, alguien divino, alguien cuyo poder y grandeza superaba a los titanes. Zeus, el Dios de los dioses. Y  el Tifón lo estaba esperando. Varios milenios de aprisionamiento durante los cuales sólo un pensamiento había rondado por la cabeza de el ser maligno: matar a Zeus y así satisfacer la cólera de Hera. Apareció entonces el dios supremo seguido de la sabia Atenea, los únicos capaces de enfrentarse al monstruo.

El espectáculo era impresionante, indescriptible, fuerzas tan poderosas que ningún humano podría imaginar algo así. Los testigos de estos acontecimientos eran los cadáveres calcinados de los seres vivos que habitaban esa isla antes del desastre. Desde los infiernos sus almas se preguntaban que pudo pasar mientras Hades, señor de las tierras oscuras, trataba de pensar en que podría haber matado a tanta gente.

En la superficie una gran batalla se avecinaba. Las cien cabezas de dragón que tenía el Tifón en vez de dedos miraban fijamente a los rayos mortales que Zeus tenía en la mano esperando a que algunos de los tres gigantes hiciera algo. La espera pudo durar años aunque a ellos les pareció un suspiro. Zeus y Atenea se abalanzaron contra la bestia y así se enzarzaron en una lucha apocalíptica que llegó a un punto en el cual sus gritos de batalla se oían por todo el Mediterráneo y las tierras vecinas. Pelearon durante días, pero Zeus y Atenea eran dos dioses muy poderosos y juntos consiguieron volver a encerrar al Tifón, que se desplomó exhausto hacia el interior del cráter. Los dioses con gritos de triunfo reconstruyeron el Etna con la lava enfriada. Esta vez reforzaron el volcán para que no pudiera escapar. Aún así cuando el Tifón sacaba a la luz su ira el volcán erupcionaba y todavía está activo en nuestros días.

Una vez terminado el trabajo Zeus y Atenea se dirigieron al Olimpo, pero fueron llorando, pues sabían que su batalla había sesgado muchas vidas.

Dicen que por donde pasaron los dioses derramaron sus lágrimas y en estos lugares reinó la paz durante muchos años. Seguramente fue un intento de pedir perdón por la masacre y compensar por ella.

Descripción de un valle (posiblemente el Valle del Jerte)

Desde allí el panorama era inigualable. A lo lejos, envuelta en una gris penumbra, se vislumbraba la ciudad. Pero nada tenía que ver con lo que contemplaba. El valle serpenteaba entre serranías de cumbres blancas hasta el horizonte, cubierto casi en su totalidad por cerezos que, en primavera, creaban un paisaje nevado con hojas blanquecinas cuya belleza es indescriptible. Un poco más al fondo, pequeños robledales sobrevivían entre campos de labranza, y en la lejanía se podían distinguir difusas hileras de pinos que parecían la corona del horizonte. Daba la sensación de que cada uno de aquellos árboles había sido tallado por ángeles.

Pero cuando volví por segunda vez era un día de invierno, y sólo quedaban árboles desnudos y moribundos, cubiertos de una escarcha que ensombrece los corazones. Silencio. No había aves sobrevolando los montes ni almas con las que conversar. Aun así, la pureza del valle permanecía inalterable pese al frío y la nieve. El leve susurro de un riachuelo de agua fresca como un glaciar era lo único que se escuchaba, mas no perturbaba la tranquilidad, sino todo lo contrario. Se podía percibir también una dulce fragancia que me envolvía en un velo de paz.

En las dos visitas estuve largo rato hechizado por los sutiles elementos que se presentaban ante mí, inmóvil en la bruma matinal. Pude quedarme sentado horas, estupefacto, admirando lo que todavía me asombra como si nunca lo hubiese visto.

 

Dos vidas

La presa se deslizó silenciosamente sobre la hierba y entró en el claro. Husmeó el aire unos segundos pero no pareció detectar nada extraño pues se dispuso a ingerir el pequeño montón de comida que había sido colocado intencionadamente en el centro del claro. En un abrir y cerrar de ojos una flecha salió disparada de entre la maleza y mató al animal. Apareció entonces un hombre de mediana edad, vestido con harapos sucios y malolientes. Era musculoso y su cara portaba una barba de pocos días. Se acercó al cadáver del animal y le arrancó la flecha del cuerpo. Soltó un taco al comprobar que la tosca flecha estaba rota. Entre gruñidos se echó el animal a los hombros. No había sido una mala presa, era una especie de conejo de gran tamaño. Poco después estaba en su cabaña de madera, un habitáculo con una cama austera y una mesita vieja y empolvada. El hombre encendió una hoguera en un hueco en el suelo cerca de la cabaña. Allí cocinó a la presa de forma simple y sin lujos. Con mano experta logró una cena comestible aunque no magnífica. Luego, después de observar las estrellas se fue a dormir.

 

A la mañana siguiente se levanto con el amanecer y recogió sus cosas. Las empaquetó rápidamente y se puso en marcha. El hombre caminaba firme sabiendo perfectamente la dirección que había de tomar. Después de una hora de caminata llegó a una verja metálica, el hombre siguió un camino paralelo a la verja. Poco después se encontraba ante una puerta de la cual partía una carretera. Atravesó la puerta y, al mirar atrás vio el conocido cartel que decía:

PROHIBIDA LA ENTRADA. PROPIEDAD PRIVADA DE EL SR. FERNÁNDEZ DIAZ.

Y, aparcado junto a la puerta, se encontraba un mercedes negro. El hombre se sacó una llave de los ropajes y entró en el coche.

Varias horas de conducción escuchando música clásica y un par de paradas en gasolineras. Entonces apareció la gran ciudad. Se dirigió al barrio rico. Allí aparcó en frente de su chalet y entró en la casa discretamente. Allí se echó en la cama y no tardó en dormirse pese a que a la noche todavía le quedaban unas cuántas horas.

 

Se despertó a las cinco. Se duchó, aseó y afeitó. Se puedo un traje de corbata y se bañó en colonia. Desayunó brevemente y se dirigió al trabajo. Llegó a las siete y media en punto. Se dirigió a un edificio acristalado y atravesó unas puertas giratorias tras las cuales le esperaba una joven mujer.

-¿Señor Fernández Díaz?¿Cómo está usted? Ha recibido un comunicado de los trabajadores pidiéndole a usted, señor director general, que haya reuniones sobre...

Pero el hombre no le escuchaba, sino que miraba a través de las puertas al único árbol a la vista. Cuando la secretaria dejó de hablar el señor Fernández Díaz suspiró:

- Menudo horror de vida y menudo horror de ciudad.

El Sexto

EL SEXTO

 

El segundo poema que escribo,

la cuarta palabra que pienso,

mi tercer lápiz sin punta,

Números en mi bolsillo.

 

La primera hoja arrugada.

Borro la quinta línea.

No me gusta como queda.

Horrenda línea borrada.

 

Empiezo:

A la sexta no va la vencida,

tres seises son el Diablo,

ser sexto no es una victoria,

ni será nunca una salida.

 

Sexto nunca he sido

y serlo no sé si quiero.

Al seis lo admiro y odio,

lo veo caliente y frío.

 

Me detengo,

Se me acaban las ideas.

Mis pensamientos se han ido,

escribo la última estrofa,

tranquilo, como la marea.

 

El sexto poema que escribo,

la sexto palabra que pienso,

mi sexto lápiz sin punta,

Números en mi bolsillo.

 

 

 

April 25

El puerto

 

 

El Puerto

 

Floto en el verso

Sueño en el agua

Miro el reflejo

De las luces del alba.

¡Alegría!

Dulce furor

Que en nuestro interior anida,

En nuestro corazón.

Que en esta agua tranquilas,

Elixir de la felicidad,

Las gaviotas no han despertado

Pero la belleza sigue igual.

 

El árbol

 

 

El Árbol

 

Árbol solitario

Que entre picos y llanuras

Buscas alivio

Para tu gran amargura.

Que ni llegada la primavera

En vientos tardíos

No alcanzas la plenitud

De tu belleza, con tus suspiros.

Que en años pasados

Me deslumbró tu lustre,

Me cegó tu vida

Árbol mío, ¿qué te sucedió?

 

Otoño

 

 

Otoño

 

Árboles dorados

Olor de alhelí

Tristeza y añoranza

El Otoño ya está aquí.

El paisaje en silencio,

El camino abandonado,

que la hierba a conquistado,

y el tiempo desgastado.

No hay trinos, no hay aves,

Sólo silencio...

 

Abstracto

 

 

ABSTRACTO

 

En un amanecer imperfecto

Una mañana desfigurada

Donde el ser sabio,

 sinceramente,

No significa nada

Donde las cosas sin sentido,

Se entienden

Donde los sueños tan queridos,

 se recuerdan

Así, en este mundo abstracto

Entra la tormenta y la paz,

Entre el viento y el fuego,

Yo pienso,

Que aquí he de fundar mi hogar.

 

Ojos y pensamientos

 

 

OJOS Y PENSAMIENTOS

 

 

Cierra los ojos,

Imagina,

Pensamientos y vidas,

Sueños y hazañas,

Dolores y heridas.

Abre los ojos,

Mira,

Gente y color,

Sufrimiento y melancolía,

Riqueza y honor.

-¿En qué piensas?

¿En la guerra y en la paz?

¿Tienes algún temor?

-No, te equivocas.

Pienso en el amor.

Enamorado

 

La conocí en Dallas, Tejas. La ciudad donde Kennedy fue asesinado, quizás debí haber tomado esto como un augurio. Vivía en los Estados Unidos desde hacía algún tiempo. Trabajaba en una estación aeroespacial. En un viaje de trabajo a Dallas tenía que recoger a una experta en el departamento de electrónica.. Nathalie. Llegué a adorar este nombre cuya musicalidad parecía no apagarse nunca. Cuando llegué al aeropuerto donde me esperaba lo primero en lo que me fijé fue en su físico. Sus cabellos de color miel, sus ojos verdes, su silueta seductora; parecía no ser real. Ya en el coche charlamos, descubrí que conversar con ella me hacía feliz. Parecía una pálida mañana de primavera, con sus olores y belleza, que ponía fin al invierno. Hablamos de muchas cosas como política, deporte e incluso de la familia. Me enteré de que había nacido en Ottawa (Canadá) y que hasta hacía muy poco había vivido cómodamente en casa de sus padres. La conversación parecía fluida y carente de incomodidades. Pero pronto llegamos al trabajo y tuvimos que centrarnos en otras cosas, pues mientras que ella trabajaba en el departamento de electrónica yo me encontraba en el departamento de informática. Aun así me dio tiempo a invitarla a cenar, a lo que ella accedió encantada. Aquella velada fue magnífica. Hubo un momento en el que ella me miró con sus ojos verde esmeralda y entonces ocurrió algo, no sé... raro. El mundo pareció pararse un instante, una emoción me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Estaba enamorado. A principio me pareció estúpido haberme enamorado febrilmente de esta mujer en un solo día. Éramos jóvenes (yo tenía poco menos de treinta) pero teníamos muchas características en común, habíamos estudiado una carrera muy parecida con resultados fantásticos y otras cosas más por el estilo. Al igual que yo, ella fue ascendiendo de posición en el oficio dando una buena impresión. Aprendimos muchas cosas el uno del otro. Pasaron los días y, poco a poco, Nathalie me empezó a mirar de una manera diferente. Le brillaban los ojos. Quizás lo que nos unió fue la suerte, quizás fueron aquellas interminables horas en las que nuestros departamentos se tuvieron que unir cuando apareció aquel horroroso virus, quizás fueron aquellos pocos minutos en los que nos reuníamos para comer, no lo sé. Mi ánimo tuvo cambios notorios en el humor, en el trabajo era alegre y trabajaba con más eficiencia que nunca. Las pocas veces que nos encontrábamos nos sonreíamos. En cambio, con ella, empezaba a impacientarme. Me frustraba pensar que Nathalie podía no quererme como yo la quiero a ella. Me asustaba preguntarla y que ella me dijera que no. Pero un día me atreví. Era una comida de empresa y había mucha gente por allí. Cuando la gente ya se estaba yendo la llevé a un rincón y abordé el tema. Me costo mucho expresarme pero al final las palabras que estaban retenidas en mi boca saltaron: -“Te quiero”. Una lágrima recorrió su cara pálida como una mañana de invierno. Creí que no lo había hecho bien así que me di la vuelta y empecé a caminar. Entonces ocurrió lo inimaginable. Me dijo que esperara, se me acercó y me besó. Un torrente de pasión inundó mi cuerpo, los segundos pasaron lentamente y, tan bruscamente como empezó, terminó. Y dijo esas palabras que me hechizaron: -“Yo también te quiero”. Los siguientes días, meses y años pasaron muy rápido. Nuestras visitas se multiplicaron, pasé el reto de conocer a sus padres (que resultaron ser encantadores), ella conoció a los míos y, al final, nos casamos. La recuerdo del brazo de su padre, enfundada en aquel vestido blanco como la nieve. El sol nos sonreía, los pájaros cantaban dulces melodías. Las madres llorando abrazadas de emoción, mi padre dormido (no le interesan mucho las ceremonias cristianas), el padre de Nathalie sonreía bajo su bigote de general. Era un ambiente de felicidad. Recuerdo como si fuera ayer nuestra luna de miel. Fuimos a la costa francesa, alquilamos una casita rural a las orillas del mar. ¡Qué tranquilidad! ¡Qué sosiego! Todo era paz y silencio. En poco tiempo me encontré en una casa ajardinada con un niño, una niña y un perro. Mi hijo se llama Tom y ahora tiene 9 años. Mi hija se llama Lucy y cumple 7 en unas semanas. Mi perro Mike ya debe de haber muerto. Pero volviendo al pasado... No sé si fue el matrimonio, o quizás la familia, lo que sí se es que Nathalie y yo nos empezamos a distanciar. Ya no le brillaban los ojos. Estaba preocupada por todo (dinero en especial, aunque nos sobraba). Estaba siempre ocupada, primero Tom, luego Lucy, la compra, el dinero, etc. Yo ahora la entiendo pero entonces tampoco yo tenía tiempo, el trabajo, el perro, los proyectos, los pagos, etc. En fin, entre su actitud y la mía una barrera se empezó a crear entre nosotros. Habíamos olvidado el significado de la palabra “amor”. Me convertí en una persona huraña que mis hijos odiaban. Pero qué podía hacer, habiendo caído en una red tejida por el estrés y otros factores que me convirtieron en una persona que nunca deseé ser. Cada vez discutíamos más, que si trabajaba demasiado, que si no les dedicaba tiempo a los niños, etc. Admito que cometí muchos errores en esos fatídicos meses. Ya no pensaba por mi mismo. Creía que Nathalie tenía la culpa de todo. Una ira adolescente me invadió. Empecé a hacer todo por el camino fácil, no por el camino correcto. Empecé a beber como modo para aguantar mi sufrimiento. Fue entonces cuando ya podía decir que era un hombre completamente despreciable. Ya había perdido el paraíso, ahora iba a perder el mundo, para caer en el infierno. Llovía a cantaros, las calles se inundaban de las lágrimas del Señor. Llegué a casa borracho y vomité delante de los niños. Nathalie me miró llorando y me dijo lo que al principio de nuestra relación, no quería oír. Me dijo que sería mejor que no nos volviéramos a ver. El divorcio. No me sentía tan triste desde la muerte de mis padres. Puede que fuera una mezcla del alcohol y la tristeza. No quería que pasara pero perdí el control de mi cuerpo. La ira se apoderó de mí y me abalancé sobre ella. Podría haberla matado de no ser por el vecino, que nos oyó. El juicio acabó con una orden de alejamiento de mi familia, nada más... *** Me marché de Dallas, de Tejas, de los Estados Unidos. Me fui a Irlanda, a un pueblecito casi desconocido en el norte. Renuncié a mi gran trabajo para pasar a ser el ayudante de un granjero. Trabajando por comida, alojamiento y apenas un dinerillo. Levantarse antes de la salida del sol, y acostarse bien entrada la noche. Una noche que, para mí, no tendría sueños. Sólo un corto descanso que no me permitía alejarme de la cruel realidad. Ahora, en esta cama polvorienta en la que duermo después de duras jornadas, pienso si mi relación con Nathalie pudo haber sobrevivido. Me gustaría saber, desearía saber si cometí errores que pudieron no existir. Envié cartas, que me fueron devueltas sin abrir, hasta que supe que se había mudado a otro estado. Es como si me hubieran quitado una parte de mi alma. Como si me hubieran clavado un puñal frío como el hielo y me lo hubieran dejado en mi cuerpo como una espina. He acudido a psicólogos, me he gastado el dinero que me quedaba en libros que no me han ayudado. Ahora vivo sin sentir. En mi mente no habita ningún pensamiento, ninguna ambición. Soy un robot que solo puede ordeñar vacas y arrancar malas hierbas. Un humano al que le han quitado la capacidad de amar. No distingo la verdad de la mentira. El bien del mal. Mis ojos están ciegos pero ven una burda imitación de la realidad. Sin colores, sólo gris. Mi existencia se ha convertido en una marginación de la vida. La comida no tiene sabor en mi boca, la bebida no me sacia, no noto ni frió ni calor, nada. No percibo ni la neutralidad. Sólo podría ser comparado con un vegetal bajo tierra. Soy un miserable cuyos sueños no son más que vagas sombras que caminan con melancolía. Pido a Dios misericordia, que me saque del infierno que es mi castigo por no aprender la lección que me quiso enseñar. La gente del pueblo cree que estoy loco, yo mismo me lo estoy planteando. Olvidar que es amor, olvidar que es sentir. Vivo como una marioneta. Mi profundo pesar ha pasado a ser indiferencia. Ya no me importa que haya guerras en el mundo, que la gente inocente muera sin causa alguna. Paso por alto el sufrimiento del mundo porque se puede decir que ya no vivo en él. Pienso en cortar mi vil existencia mas mi instinto humano se aferra a la vida por muy cruel que sea. El amor es impresionante, a veces lo adoras y este te hace feliz, otras lo adoras y te maltrata y juega contigo. Yo intenté jugar con él, intenté creer que todo dura para siempre, que nada podía pasar. Ahora yo lo intento odiar, mi alma mutilada desea que odie a mi corazón y al amor por haberme hecho esto. Pero no puedo. Pues pese a lo dicho antes, una pequeña llama arde en mi. En ella están los recuerdos de los buenos tiempos de Nathalie. Olvido lo que es sentir y lo que es el amor porque no sé acceder a ella. Desearía que todo fuera cierto, que ya hubiera olvidado que estoy enamorado, que ya hubiera olvidado que estuve enamorado. Pero ahora sólo soy polvo, polvo en el viento. ¿Qué hacer?¿Esperar a que Dios se apiade de mí y tenga la bondad de acabar con mi existencia?¿Pudrirme aquí, aislado del mundo? Morir sin honor. Es lo que me queda después de haber perdido la dignidad. Me rendí, dejé de luchar en vano... ¿debí haber seguido en mi intento de recuperar la esperanza? La esperanza. Hermosa palabra, bello significado. Agraciado es aquel que disfruta en abundancia de este sentimiento del cual carezco. La perdí con el tiempo, y no la he vuelto a encontrar. Sufro. Dolor y amargura llenan mi corazón consumiendo mis entrañas. Rompo en un llanto imaginario de lágrimas perladas. Porque una vez tuve un sueño, como esos que tienen los bebés en sus dulces lechos. Porque como un chiquillo, no quería ver la realidad. Estaba viviendo mi propia fantasía, y parecía tan real. Un mundo de ensueño. Lo que fue alegre primavera, ahora es otoño. Otoño con su tristeza, añoranza, sus recuerdos... perdí la vida, la savia de mi cuerpo. Cientos de sabios han hablado del amor: Cicerón, Confuncio, Platón, Marco Aurelio, Salomón, Napoleón, Oscar Wilde, Séneca, Lope de Vega, Shakespeare. Y en sus cultas palabras hablan del amor, para bien o para mal. En sus bellísimas citas lo honran o desprecian según sea su parecer. “ ¡Morir de amor es vivir! ” dijo Victor Hugo. Y dijo Cervantes: “ Por eso juzgo y discierno por cosa cierta y notoria, que tiene el amor su gloria a las puertas del infierno. ” Pues tanto Don Quijote y Dulcinea, Jean Valjean y Cosette, Marius y Cosette; estaban unidos en sus historias por el amor. Por esta emoción, por esta pasión que nos estremece las entrañas. Pues está es una historia, un cuento, un sueño que no se hizo realidad. Una canción empezada que no se pudo terminar. Un sonido que acabo demasiado pronto. Una ilusión pasajera, solitaria. Triste como un ruiseñor sin voz o un águila sin ojos. Amarga como la muerte. Fría como un glaciar. Pero hermosa como una débil florecilla en primavera. Porque mi historia es como cualquier otra historia de amor, pero sin un final feliz. FIN